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30/05/2024

MALVINAS. El bautismo de fuego del “Escuadrón Alacrán”

El 30 de mayo de 1982, el Escuadrón Alacrán de Gendarmería Nacional tuvo su bautismo de fuego en la Guerra de Malvinas. Esa unidad se armó exclusivamente para participar de la contienda bélica, pero después continúo su existencia y hoy realiza misiones especiales. Luis Alberto Kovalski, nacido en Eldorado, perteneció a ese grupo de origen, con el que viajó a Malvinas y participó de lleno en la guerra. Con esta nota recuerdo ese día de hace 40 años, y vaya este homenaje a mi hermano Polaco...

EL DOLOR Y LA TRISTEZA, AL ESTÍMULO DEL CORAJE Y LA OSADÍA

“Gracias mi comandante”.

“¡Bentos, acompañame vos. Vas a ayudarme con la MAG!”

“¡Dale, dale, dale!”

“¡Vamos a ubicarnos en esa trinchera!”.

“¡Dale, dale, dale! ¡Vamos, vamos, vamos!”

Había sonado de pronto la alarma de alerta roja, y en un abrir y cerrar de ojos el lugar se transformó en un infierno. El ruido de los disparos hacia arriba de la MAG se mezclaron con el bramido de los motores de los aviones ingleses que surcaban el lugar sin parar y a muy baja altura, y con los disparos de artillería de las escuadras argentinas ubicadas en diferentes posiciones.

“¡No nos detengamos! ¡No dejemos de disparar!”

“¡Ahí viene otro avión, ahí viene otro avión! ¡Abajo, abajo, a cubrirse de la ráfaga!”.

Las balas disparadas desde el aire, sin piedad y a mansalva, picaron a su alrededor y sacaron esquirlas a borbotones del muro pedregoso del resguardo.

Fue el primer momento sublime de la Guerra, segundos eternos, en que la muerte se debatió con la vida y estuvo a un ápice de lograr su cometido, pero la providencia hizo que no triunfara sobre esos dos gendarmes que no habían dudado en enfrentar desde tierra a los poderosos aviones ingleses.

En un instante el lugar se había transformado en una enorme y sangrienta escena apocalíptica ensordecedora. Los sonidos de la naturaleza se mezclaban con los estrépitos de la guerra. Bombas que explotaban, los disparos de artillería, la resonancia de los motores y el rompimiento del aire de los aviones con sus vuelos a toda velocidad, y ráfagas incesantes de metrallas desde el aire y desde tierra.

Abrumado por una tormentosa catarata de emociones y reminiscencias, el eldoradense Luis Alberto “Polaco” Kovalski evocó 40 años después, el momento exacto en que entró en combate disparando la ametralladora MAG 7,62 mm con la asistencia de Julio Bentos, una acción espontánea que se transformó en el bautismo de fuego del “Escuadrón Alacrán”, de Gendarmería Nacional, en la Guerra de Malvinas.

Ocurrió cerca de las 10 de la mañana del 30 de Mayo de 1982. Fueron los primeros disparos de ese grupo comando que se armó en forma exclusiva para participar de la contienda bélica, pero que nunca más se disolvió, y hoy realiza misiones especiales en cualquier punto de Argentina. Primeros disparos que, sin pensarlo, los dio Kovalski, y hoy no deja de sentir esa honra de haber protagonizado un hecho que quedará para siempre impreso en la historia de una guerra, que si bien fue absurda, formó una inmensa galería sacra de héroes conocidos y anónimos, que entonces no especularon ni se amilanaron al ir a un lugar inhóspito en medio del océano a defender, con su sangre y con sus vidas, la recuperación de ese pedazo de tierra que ya es sagrada para los argentinos, por tanta sangre que centenares de patriotas derramaron ahí.

Un Sea Harrier derribado con municiones 7,62 mm

“¡Le dimos a uno! ¡Le dimos a uno! ¡Tiene mucho humo! ¡Tiene mucho humo! ¡Si! ¡Se cae! ¡Se cae! ¡Se cae! ¡Bien! ¡Bien! ¡Bien!”

Kovalski y Bentos no dejaban de disparar ni un segundo cada vez que aparecía un avión enemigo sobre ellos. Fue así que en un momento, Kovalski divisó que un Harrier venía a muy baja altura, como si el piloto inglés hubiese tomado confianza y se animó a realizar una pasada más rasante.

“Había disparado a varios aviones, y transcurrió cerca de una hora desde que empecé a hacerlo; fue cuando vi que un avión venía volando muy bajo. No dudé y así como estaba ubicado comencé a apuntarlo; lo habré hecho durante unos 30 segundos, capaz que un poco menos, y cuando lo tuve a tiro lo más cerca posible, apreté el gatillo y comencé a ametrallarlo”.

Una y otra vez Kovalski repasa esa secuencia tratando de definir qué fue lo que ocurrió exactamente. “No puedo asegurar si fueron mis disparos los que lo derribaron, porque en ese momento desde todas las posiciones disparaban contra el mismo Harrier”, relata sin ánimos de atribuirse un logro de guerra. “Pero estoy seguro de que unos de mis disparos impactaron contra la parte inferior del fuselaje”, considera.

Años después, se pudo determinar que ese avión fue alcanzado por el impacto de proyectiles 7,62 milímetros, los mismos que disparaba la MAG que operó Kovalski. El piloto identificado como Jerry Pook logró conducir la aeronave averiada y que despedía una gruesa columna de humo, varias millas más hasta alejarse totalmente de la zona de influencia de las tropas argentinas, tras lo cual pudo eyectarse, salvando así su vida. Finalmente lo rescató un helicóptero Sea King del portaaviones ingles Hermes, nave insignia de las fuerzas inglesas en Malvinas.

Primer golpe fatal, y una tristeza que no tiene fin

Pasaron casi cuatro décadas de ese instante glorioso. De ese 30 de mayo. Y Kovalski se acuerda de cada detalle, de cada sutileza del momento, como si su memoria y sus sentimientos sobre ese suceso, se hubiesen detenido en el tiempo, en aquel día que marcó para siempre su vida y la de todos los alacranes. “Recordar esa fecha siempre se vuelve difícil”, explica con honda nostalgia.

Cierra los ojos y revive una y otra vez la misma película. Los colores, los sonidos, los aromas, el clima, los estruendos, los estrépitos de metrallas, los gritos, los silencios profundos de algunas pocas noches, los llantos, las angustias, todo de cada día de todos los días que estuvo en Malvinas conviven intactos en su mente. Y cuánto más el bautismo de fuego.

“Los aviones Harrier pasaban y pasaban sobre la pista de aterrizaje de Puerto Argentino, descargando en el lugar sus municiones y formando un techo aéreo impresionante. En tierra las artillerías nuestras también disparaban sin cesar, tratando de defender las posiciones y contrarrestar el ataque inglés”, recuerda Kovalski.

Cuando esa mañana se produjo el bautismo de fuego, el cielo estaba totalmente cubierto por una densa nube que presagiaba que en cualquier momento lloviznaba, como venía sucediendo desde el instante en que los alacranes, dos días antes, habían puesto pies por primera vez sobre el suelo de Islas Malvinas, a donde llegaron de Comodoro Rivadavia en un Hércules C130, que fue el último vuelo que hicieron las fuerzas argentinas desde el continente. El frío congelaba el aire, y se hacía más insoportable por el fuerte y sostenido viento de mar que soplaba desde el sur, y que por momentos llegaba a rugir y hasta impedía que alguien se pudiera mantener normalmente en pie. A pocos metros de allí, las agitadas aguas del Atlántico Sur golpeaban en forma incesante y brusca contra las grandes rocas de la costa.

“Esa mañana, 30 de mayo, salimos temprano desde nuestro lugar de estadía en un camión Unimog, con el objetivo de cumplir la misión que nos habían encomendado, que era viajar hasta Monte Kent que está en la misma Isla Soledad, a unos 28 kilómetros de Puerto Argentino, para distribuirnos y tomar posición con el objetivo de infiltrarnos en las filas inglesas y cometer el mayor daño posible”, relató.

Mediante dos viajes que hizo el camión, la totalidad de los integrantes del contingente de Gendarmería llegó al aeropuerto, tras lo cual rápidamente los alacranes se dividieron en dos grupos para viajar en helicóptero hasta el objetivo determinado. Los primeros gendarmes cargaron la mayoría de los pertrechos que iban a necesitar y rápidamente partieron rumbo al Monte Kent.

“En principio yo tenía que ir en el primer viaje, pero no puedo explicar por qué razón terminé en el segundo grupo, a la espera de que regresara el helicóptero”. Quizá ese cambio le salvó la vida.

En esa espera fue cuando tuvieron el bautismo de fuego, porque se dio la alerta roja por la presencia masiva de los aviones que en pocos segundos invadieron toda la zona. Kovalski comenzó a disparar la MAG, y en una de las innumerables incursiones de las aeronaves inglesas, fue derribado el Sea Harrier.

“En un momento quedamos sin disparar, a la espera de que volvieran los aviones ingleses para seguir ametrallando, cuando el comandante (José Ricardo) Spadaro (el jefe del Escuadrón Alacrán) llegó a la trinchera donde estábamos con Bentos. Y nos dio la aciaga noticia: El misil de un Harrier había impactado contra el helicóptero Puma en el que se desplazaban nuestros camaradas hacia Monte Kent. Hay heridos, muertos y gente que está bien, nos informó el comandante. Quedamos impactados y muy tristes”.

Después, supieron quiénes habían muerto: Ricardo Julio Sánchez, Guillermo Nasif, Marciano Verón,Víctor Samuel Guerrero, Carlos Misael Pereyra y Juan Carlos Treppo. La pericia del piloto impidió que la nave se estrellara y murieran todos.

Sin embargo, esa tragedia que les generó una tristeza que aún perdura –y seguramente no tendrá fin hasta el último soplo de sus vidas-, no alcanzó para deprimirlos. Al contrario, fue como si les hubiese generado una gran ira que terminó potenciando su coraje y osadía, que tuvieron hasta el último instante de la conflagración.

El sólido techo aéreo de los ingleses impidió que llegaran al Monte Kent, y en consecuencia la misión que tenían que llevar a cabo fue abortada.

Con momentos de gloria y de dolor, los alacranes tuvieron así su bautismo de fuego el 30 de mayo de 1982. Ese día, Alacrán fue sacudido por los estropicios de una guerra que costó muchas vidas y dolor. Pero que al mismo tiempo engendró héroes eternos para Argentina.

*Por Aníbal Kovalski